Mis viajes al espacio.





 Mi hermano y yo decretábamos que éramos astronautas y la casa asumía las dimensiones de una base espacial. Una silla de madera era una nave de combate, el barrio un planeta hostil y Tegucigalpa una galaxia inexplorada.


Quizás toda esa imaginación me condujo, años después, a Carl Sagan y a Cosmos, libro que me abrió la puerta a la ciencia, a la ficción y a la literatura. Mucho tiempo más tarde entendí que los filósofos llamaban a eso “teoría de la mente”.


Tal vez todo ese ejercicio de imaginar no era otra cosa que un mecanismo de defensa, una forma primitiva y eficaz de salvarme del absurdo bombardeo que a veces parece ser la vida.


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