Frankenstein










Acabo de terminar de ver Frankenstein, dirigida por el maestro mexicano Guillermo del Toro, y lo
único que puedo decir es que me ha parecido una obra fantástica, profunda y luminosa en su oscuridad.

Partiendo de la idea de que crear vida es un milagro inverso, una blasfemia o quizás una forma de arrogancia científica, la película recupera el espíritu más filosófico de la novela de Mary Shelley. Desde que la leí, me obsesionó aquella pregunta que detonó mis primeras curiosidades lectoras: ¿Hasta qué punto podemos jugar a ser Dios?

Del Toro logra traducir esa pregunta en imágenes, en atmósferas que respiran, en una criatura que palpita entre el asombro y la condena. Su Frankenstein no es solo un experimento, es un espejo de la condición humana: el deseo de trascender mezclado con el miedo de haber ido demasiado lejos.

El director, fiel a su estilo, construye una estética barroca y melancólica que convierte la ciencia en un acto poético y sacrílego a la vez.
Como si Dios, al crear al hombre, hubiera sido también un aprendiz de alquimista, un niño curioso armando cuerpos con barro pensante, esperando que un rayo le susurre el misterio de la vida.

El monstruo  esa criatura incomprendida es la encarnación de la inocencia. Su pureza es adánica, primigenia, casi infantil. No conoce el miedo, no entiende la muerte; solo la presencia del amor negado. Y en ese gesto, en su mirada torpe y luminosa, Del Toro logra lo que pocos: nos recuerda que el verdadero horror no está en el monstruo, sino en el rechazo.

La película deja flotando la vieja sentencia:

“¡Dios nos da la vida y nos la quita, Víctor!”
Y tal vez ahí, entre la chispa eléctrica y el alma que se resiste a morir, comprendemos que el sistema nervioso no solo distribuye corriente: también reparte culpa, ternura y deseo.

Del Toro no filma monstruos, filma almas heridas. Y esta vez, su Frankenstein respira como un poema sobre la creación, la rebeldía y la eterna nostalgia de ser comprendido.


“ y Así, el corazón se rompe, pero aún roto, pervive,” 

Lord Byron. 

Comentarios

Entradas populares