El día que conocí a Zoé Valdés

 




Fue en una noche cualquiera, de esas en las que uno busca la sílaba de todas las cosas. Asistí con mi amiga Adriana  mi cómplice de caminos y memorias a una tertulia en homenaje al escritor cubano Reinaldo Arenas. Ahí descubrimos más de su historia, de sus terrores, de ese tiempo en que el miedo y la persecución llegaron con todos sus filos. Fue una noche digna, hermosa, en un edificio donde el verbo respiraba con absoluta libertad.


Al terminar la tertulia nos dirigimos a un pequeño espacio donde servían aperitivos para compartir con los invitados. Y entonces, en una de esas esquinas donde el universo parece conspirar para recordarnos que todo puede suceder en una noche, la escritora Zoé Valdés abrió una botella plástica de Sprite. La botella estalló como un pequeño big bang frente a mí, derramándose como una fuente inesperada ante mis ojos.


La miré con esa expresión de quien no sabe qué hacer con el misterio. Y allí estaba ella: en una de las esquinas más inolvidables del mundo.


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