Adiós, Pepe.
No fue un prócer de mármol ni un político de discursos vacíos. Fue el presidente que hablaba con los pies en la tierra y el alma en la utopía. El que nos enseñó que se puede gobernar sin corbata, que la humildad no es debilidad, que la revolución también se siembra entre tomates y gallinas.
Pepe se va, pero nos deja el eco de sus palabras, su casa sin lujos, su mirada cansada y luminosa. Su legado no es para los que codician el poder, sino para los que creen que la vida vale la pena cuando se la entrega a los demás, cuando se resiste sin odio y se sueña sin pausa.
Murió Mujica, pero quedan sus ideas sembradas en el surco de los que aún creen, aún luchan, aún aman.
Buen viaje, compañero de los sencillos. El mundo es un poco más gris sin tu voz, pero también más digno gracias a tu ejemplo.


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