La sílaba de todas las cosas.

 




Siempre llego tarde a lo que me fascina.

Cuando por fin pude viajar en First Class, ya no me interesaba.

Busqué los mejores cafés de Manhattan, donde se sentaba Whitman a escribir en la tarde más triste… pero ya no estaba.

Me dijeron que se fue para siempre.


Subí al Empire State Building, el rascacielos más icónico de Nueva York, y sentí esa misma nostalgia que le rompió el pecho a Lorca

cuando escribió para los desesperados que saltaban por los balcones.


Fui a Chicago, pero mi padre ya no estaba ahí.

Solo dejó una ciudad gris,

donde apenas pude comprar una postal

de esa ciudad que me contaba cuando yo era un niño.


Así soy.

Siempre llego tarde.

Pero aún así, sigo buscando la sílaba de todas las cosas. 

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