El Viaje Impostergable.
Mario Vargas Llosa ha muerto.
Hoy, el mundo es un poco más silencioso, y las palabras esas que usted dominó con maestría durante décadas parecen no alcanzar para nombrar su ausencia. Ha muerto Vargas Llosa, pero no el escritor, porque su literatura, esa que supo hablarnos del poder, de la libertad, del deseo, del desencanto y del coraje, vivirá en cada lector que se atreva a cruzar sus páginas.
En una feria del libro en Miami, encontré un ejemplar de La casa verde. Fue un hallazgo mágico, casi simbólico. Lo abrí y descubrí su firma, esa tinta que se volvió puente entre su imaginación y la mía. Sostuve ese libro como quien sostiene una reliquia. Desde entonces supe que no solo llevaba en mis manos una novela, sino una huella suya, una chispa de su genio.
Usted fue un arquitecto de mundos, un cronista de la condición humana, un narrador valiente que no le temió al conflicto ni a la polémica. Nos enseñó que la literatura puede ser trinchera, refugio, espejo y herida. Que las palabras también pelean. Gracias por los personajes, por los laberintos narrativos, por los amores imposibles, por las ciudades ásperas y bellas, por las preguntas sin respuesta. Gracias por dejarnos una obra que, como usted, no será olvidada.
Descanse en paz, maestro. Quienes lo leímos, lo seguimos leyendo.
En mi biblioteca quedarán guardadas hasta el infinito:
La Casa verde
La ciudad y los perros
Conversación en La Catedral
La fiesta del Chivo
La guerra del fin del mundo
Travesuras de la niña mala



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