“El reencuentro.”

 



En una esquina de nubes altas, donde los relojes ya no marcan tiempo, dos figuras avanzan. Uno viene desde una calle empedrada de realismo mágico, donde los gallos cantan por los muertos y los coroneles aún esperan cartas. El otro llega con paso firme, desde avenidas amplias de razón y desencanto, donde la historia es política y la literatura, destino.


Gabriel García Márquez viste de lino blanco, con una sonrisa que huele a mar Caribe. Mario Vargas Llosa lleva una chaqueta ligera, algo escéptico, pero curioso. Se miran. Se reconocen. No hay puños esta vez, solo una pausa que lo dice todo.


—¿Macondo sigue lloviendo? —pregunta Mario, con media sonrisa.


—Solo cuando el lector lo necesita —responde Gabo, guiñándole un ojo.


Caminan juntos, sin apuro, como dos soledades que al fin han comprendido que el tiempo no era enemigo, solo un narrador caprichoso.


Doblaron por caminos distintos en la tierra, es cierto. Uno hacia la izquierda de los sueños, otro hacia la derecha de las ideas. Pero ahora, en el cielo de los escritores, comparten la misma biblioteca infinita. Y cada tanto, se sientan a debatir no para convencerse, sino para celebrarse.


Porque al final, ambos pertenecen al mismo libro: el de la historia universal de las letras.

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