Las esquinas de Tegucigalpa
Los viejos parques donde se escondían los enamorados,
bajo faroles cansados de ver promesas susurradas,
eran catedrales del momento,
donde cada beso tenía sabor a despedida.
Cantábamos Héroes del Silencio como si el mundo ardiera,
como si el amor fuera urgente,
como si el cielo estuviera a punto de caerse sobre nuestras cabezas.
Y en esas esquinas esas mismas donde ahora el concreto cruje
nos creíamos eternos.
Las calles guardan huellas de nuestros pasos rebeldes,
grafitis borrosos que aún gritan nombres olvidados,
risas que rebotan entre los muros de una ciudad
que a veces nos abrazó,
y otras, nos dejó caer.
Tegucigalpa,
con tus esquinas rotas y tus cerros vigilantes,
sigues siendo refugio y ruina,
memoria y deseo.
Aunque el tiempo pase y los parques callen,
en cada rincón tuyo sigue latiendo
la juventud que no quiere irse.
Ahí, donde no existía el mar,
pero cantábamos:
“Larguémonos, chica, hacia el mar…
no hay amanecer en esta ciudad.”


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