El violinista del naufragio.





Aquel hombre tocaba el violín con la resignación de los músicos del Titanic, como si cada nota estuviera calculando los naufragios venideros. Su música flotaba en el aire caliente de la tarde, un lamento que se deslizaba entre los edificios cansados de Tegucigalpa, esa ciudad donde siempre parece que estamos a punto de chocar contra un iceberg invisible.


Las calles estaban llenas de sombras largas y pasos apresurados. La gente iba y venía sin mirar al violinista, como si el sonido de su tristeza no tuviera cabida en sus propias derrotas. Pero yo me detuve. Algo en aquellas melodías me recordaba que siempre hemos sido pasajeros en una embarcación demasiado frágil, navegando entre promesas rotas y calles que se hunden con cada aguacero.


Él seguía tocando, sin prisa, sin esperar monedas ni aplausos. Su música era un aviso, una advertencia, o quizás solo la costumbre de alguien que ya entendió que el hundimiento es inevitable. Yo caminé con la esperanza absurda de que en la cubierta sobraran botes para el rescate, aunque en el fondo sabía que en esta ciudad los botes siempre han sido pocos, y los primeros en subir ya los habían ocupado hace mucho.


La última nota se perdió en el viento, y el violinista guardó su instrumento con la calma de quien sabe que el agua ya nos llega a los tobillos. 

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