El Ultimo Trago de Despedida .




 El viejo bar del barrio no tenía nombre. Al menos, no uno oficial. Algunos lo llamaban Donde chencho, otros simplemente donde el Chele. Pero en realidad, era un refugio. Un museo del caos emocional. Un rincón detenido en el tiempo donde el desorden tenía más sentido que la vida misma.


La decoración parecía obra de un coleccionista ebrio con delirios de artista. En una pared, la selección de Brasil celebraba un Mundial que ya nadie recordaba en qué año fue. En la otra, el rostro severo y sagrado de Diego Armando Maradona, con esa expresión de quien lo ha vivido todo y aún quiere más. En una esquina, una Virgen de Guadalupe montaba guardia sobre una repisa polvorienta, y justo detrás de ella, sonreía Marilyn Monroe, sensual y eterna, rodeada de botellas vacías y miradas perdidas.


Las paredes estaban llenas de fotografías sin coherencia: bodas, protestas, cumpleaños, besos robados, derrotas celebradas. Todo sucedía ahí, como en una película de Fellini: sin lógica, sin cortes, sin explicación.


Ahí llegaban los de siempre. Los que hablaban de los sueños que se les escaparon entre los dedos, de las vidas que nunca fueron, de la posibilidad  lejana pero dulce de haber sido otra cosa. A veces, entre copas, alguien recordaba lo que pudo haber hecho si no hubiera tenido miedo, si no hubiera nacido donde nació, si no lo hubieran roto tan pronto.


Y cuando las heridas se abrían porque siempre se abrían algunos lloraban, sin vergüenza, con el rostro hundido entre las manos. Otros, con el orgullo herido y la camisa remangada, querían demostrar que seguían siendo los más rudos de la noche, aunque ni ellos se lo creyeran ya.


El bar era todo eso: ruina, confesionario, escenario, trinchera. Y quienes lo habitaban lo sabían, aunque nunca lo dijeran.


Porque en el fondo, todos ahí entendían una verdad simple y cruel:

la vida, en realidad, nunca fue lo que esperábamos.


Por eso, entre brindis y derrotas, siempre siempre había alguien que guardaba el último trago. Ese trago de despedida.

No por cortesía, sino por costumbre.

Como quien guarda una oración que ya no se atreve a pronunciar…

pero no ha olvidado del todo.

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