Nunca pude decir adiós.
Para esos días de febrero, empaqué mi vida en una maleta. Cada prenda era un recuerdo, cada objeto guardaba un susurro del pasado. Desmonté las fotos de los armarios con la misma delicadeza con la que se desarma una historia, como quien intenta que el olvido no haga ruido. Toda la nostalgia la metí en un vagón de mercancías imaginario, esperando que el peso del adiós se diluyera entre libros y películas. Pero no se fue.
El aeropuerto de Tegucigalpa tenía ventanales enormes, como espejos de despedidas. Detrás de ellos, miradas tristes se quedaban colgadas en el aire, como palabras que nunca se dijeron. No quise verlas. No me atreví a verlas. Porque tampoco pude decir adiós.
El avión despegó y yo le di la espalda al Cristo del Picacho. Por un momento, sentí su mirada sobre mí. Tristísima. Una mirada de mármol y cemento, por fin descubrí que su corazón era de hierro fundido. Quise pensar que me perdonaba por irme sin despedirme.
La voz del piloto anunció el destino, la altitud del vuelo. Miré por la ventana y vi cómo las nubes flotaban en silencio, como una película a la que le quitaron el sonido. El mundo allá abajo se desdibujaba mientras yo avanzaba hacia mi nuevo destino: Miami. La ciudad de los espejos, de las contradicciones, de mis sueños en fuga.
Y yo, sin poder decir adiós…


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