Inventario.
Un mar infinito cerca de casa.
Un lugar pequeño para vivir, donde los libros crecen a mis espaldas.
Un cuadro de los Beatles.
Dos retratos falsos de Dalí.
Un retrato de Marilyn Monroe, sonriendo insegura antes de tomarse las 47 pastillas.
Un espejo sin usar.
Una cama donde sobreviven algunas pesadillas.
Una partida de nacimiento que certifica el hecho fundacional de haber llegado al mundo, con testigos, en el cuarto piso del Seguro Social de Tegucigalpa.
Fotografías familiares en blanco y negro, hilos invisibles que me sostienen.
Un escritorio con computadora, donde imagino el mundo.
Un mapa de Honduras, con manchas de café y pasado.
Música y películas para construir una catedral inmensa.
Una colección de boletos de conciertos: Bob Dylan, U2, Metallica, Roger Waters, Pearl Jam, Alice in Chains, Joaquín Sabina, Enrique Bunbury.
Unos cuantos zapatos, pantalones y camisas que atrapan al humano que finjo ser.
Un cuaderno con escritos que caminan hacia el olvido.
Una nevera gris que finge alimentarme con su leche y sus huevos.
Un televisor de 48 pulgadas, que exagera las noticias.
Una lámpara de noche, que enciendo de día.
Una ventana que abro para ver despegar la mañana y cierro con la nostalgia de las tardes.
Tres colores formando una bandera.


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