Los fantasmas entran por la frontera Sur.
En la frontera, el viento llevaba murmullos que no eran de este mundo. Voces sin rostro, siluetas sin sombra. Eran los que construían las casas al borde del precipicio, un precipicio que no solo era de piedra y altura, sino de olvido y desarraigo.
Los llamaban fantasmas, no porque estuvieran muertos, sino porque nadie quería reconocer que estaban vivos. Sus manos, curtidas por el trabajo, levantaban muros y techos que nunca los protegerían. Sus rostros eran reflejos desdibujados en los espejos de la sociedad; mirabas, pero nunca veías.
Venían de un país con nombre de abismo. Un lugar donde el hambre tenía raíces profundas y la esperanza se iba desangrando día a día. Atravesaron ríos y desiertos con sus cuerpos como únicos documentos, buscando una posibilidad de existir más allá de los bordes de un mapa.
Pero al llegar, descubrieron que no había tierra prometida. Había esquinas grises donde solo podían existir en las sombras, donde sus nombres no figuraban en ningún registro. Trabajaban en silencio, con el miedo de ser borrados incluso de esas sombras que habitaban.
Un día, una niña pequeña, hija de uno de ellos, preguntó:
—Papá, ¿por qué dicen que somos fantasmas?
El hombre la miró con tristeza y orgullo.
—Porque para ellos no existimos. Pero, ¿sabes algo? Los fantasmas son fuertes. Pueden atravesar muros, sobrevivir a tormentas y permanecer en la memoria de quienes los necesitan.
Esa noche, mientras el viento susurraba los nombres de los que nunca tuvieron patria, los fantasmas seguían construyendo. Sus voces, aunque apagadas, quedaban grabadas en cada ladrillo, en cada tabla. Tal vez no tenían papeles, pero tenían una historia que, tarde o temprano, alguien tendría que escuchar.
Porque los fantasmas no desaparecen. Solo esperan.


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