Eterno Retorno.
De niño tenía una pequeña caja de zapatos en la que guardaba todas las cosas que atesoraba. El paracaidista de plástico era, sin duda, mi favorito, hasta que un día los hilos se enredaron de una manera imposible. También tenía un ejemplar de los Cuentos completos de los hermanos Grimm y unas figuras de los pitufos. Era como mi propio atlas del mundo.
Así aprendí a creer que los recuerdos siempre se emparejan con los sueños vividos. Me gusta más el recuerdo del mundo como recurso imaginativo, porque los lugares parecen más lejanos, más inhóspitos y menos concurridos.
A veces, con algunos amigos, nos sentamos a contemplar cómo caducan ciertos sueños de juventud. Quizás, por estos días, mi padre esté sobrevolando en alguna estrella fugaz y yo sigo siendo el niño que lo espera bajar en un paracaídas


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