Eterno retorno
Cuando mi abuela me llevaba a misa los domingos, me sorprendían los hombres de fe comidos por una fiebre del tamaño de un corazón devastado por el desquicio de los sueños no cumplidos, sus caras marcaban el rictus de un tiempo que nunca fue, yo vagaba por la cuidad coleccionando naufragios, caminando por aquellos rincones memorables para el asalto, en mis audífonos Enrique Bumbury repetía incansablemente: Y hay que empezar despacio a deshacer el mundo, aveces encuentro fotografías y hago que rueden en palabras, Tegucigalpa es un eco que regresa como un eterno retorno.


Comentarios
Publicar un comentario