El vicio incurable de contar








Cuenta Garcia Márquez que una tarde su abuelo lo llevó por primera vez a una función de un circo pobre de paso, esos que van sin rumbo fijo que disponen de una Carpa con remiendos de tela de colores habían dos o tres fieras esqueléticas, un payaso sin ninguna gracia y un mago de cuarta orden, el abuelo le dijo al niño que mirara el camello , pero alguien lo corrigió atrás y le dijo que era un dromedario, y el abuelo le dijo ¿cual es la diferencia de uno con el otro? y no supieron responder, de vuelta a casa el abuelo y Gabriel consultaron el diccionario y ahí encontraron las diferencias, pero eso despertó en el escritor la curiosidad insaciable para sus novelas, un ámbito decisivo en la construcción de su mundo interior. 

Después de la muerte del abuelo necesite muchos años, para tomar conciencia de lo que significaba para mi aquella muerte inconcebible muchos años después cubierto por la gloria, convertido en el escritor vivo más leído, rodeado de fervientes admiradores en los lugares más insospechados del mundo, declararía sin el menor asomo de temblor de voz. “Desde entonces, nada importante me ha ocurrido en la vida”.

“Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo: este libro no lo sabe todo, sino que es el único que no se equivoca, era un mamotreto ilustrado en el lomo y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo, yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuanta razón tenía el coronel si eran casi dos mil paginas, grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez, ¿Cuantas palabras tendrá? 
pregunte, todas dijo el abuelo. 

G.G.M., Vivir para contarla 



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