Espejos cuánticos.
En mi juventud, siempre admiré el enigma cuántico, el cosmos, la máquina del azar y el método científico. Admiré la vida de Carl Gustav Jung, Stephen Hawking, Carl Sagan, Galileo Galilei y de un incontable grupo de hombres de ciencia que abrieron ante mí un mundo de posibilidades. Busqué en la religión respuestas para esas preguntas existenciales. Esa cosmogonía de tocar y ver, de medir, sentir y oler eran síntomas de búsqueda que me ayudaron a llegar a conclusiones definitivas.
Me costó años entender que Dios vivía en un espejo, reflejándose únicamente como un registro mental, como un proceso cerebral. “¡Mirarse al espejo es encontrar a Dios!”, me dije. ¿Quién puede borrar su imagen en un espejo?
Fue un viaje personal. Es imposible no reflejarse en un espejo, sería una locura. Ahí comprobé ese juego de laberintos. El enigma cuántico me ha perseguido todos los días de mi vida. El día en que me pare frente a un espejo y mi cerebro no registre ninguna simetría parecida a la mía, ninguna señal luminosa, ese día desaparecerá también la imagen de Dios.


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